2007-06-20

Mi Breve Historia Náutica

Mi padre, Mateo Budinich es nacido en Tocopilla, hijo de emigrantes croatas de la isla de Losinj, estudio Medicina en la Universidad Católica. Mi madre, Silvia Diez, nació en Peñablanca, y vivió en Talcahuano y Valparaíso por las labores de mi abuelo que pertenecía a la armada y se retiro a inicios de los 50, como Ingeniero Naval con el grado de Capitán de Navío. Una vez recibido mi padre, se radicaron en Tocopilla donde vivimos diez años.

Tocopilla fue mi primer encuentro con el mar. Pescando en las rocas del camino a Antofagasta y en los muelles del puerto. Mi padre tuvo un velero cuando era muy niño, y no recuerdo haber sido nada mas que un pasajero. Posteriormente se compro una lancha albacorera (tenia la popa cuadrara y no en forma de falucho), donde hicimos varias salidas.

Una vez dejamos Tocopilla, mis encuentros con el mar, se remitían a mis regresos de vacaciones, alejándose cada vez mas. Sin embargo me gustaba y atraía todo lo que lo rodeaba, y mi entretención era diferente si veía o no el paisaje marino en mis vacaciones.

Hará unos quince años compramos, nuestro primer velero, un vagabundo. A la fecha tenia cinco hijos, cuatro hombres, y decidí con ellos , que no podía pasar la vida sin navegar o intentar aprender. Nos instalamos dos verano en Rapel y después de muchas anécdotas, maniobras, desesperos e intentos, logramos dominar la embarcación y sentirnos competentes.

Al siguiente verano adquirimos un Catalina de 25 pies, El Oso del Agua, con el cual disfrutamos muchos veranos, nos adentramos en materias mas complejas, incursionamos en el manejo del Spi, experimentamos la tranquilidad del navegar, su relajo y descanso; pero también como hace pagar caro los descuidos y la desatención. Para mi fue una nueva forma de encontrarme con mis hijos, de construir una relación que el trabajo había debilitado. Recuerdo con cariño y gratitud, el que saliéramos todas las tardes a las 4 a navegar y verlos crecer, actuar en equipo, conocer sus inseguridades, y sentir que las resolvían. Familia y equipo dos características que no se llevan bien, a mi me las regalo la vela.

Hace unos años nos mudamos al mar, a Papudo, y nuestro 25 pies, las emprendió con otras dificultades, navegar en el mar, sentir las olas como cerros de agua, fue especial.

La ambición creció, entregamos nuestro velero a un nuevo capitán (volvió el oso a Rapel ), y nosotros recibimos al Losinj un 32 pies.

Con el Losinj hemos hecho dos travesías memorables. Una hace dos veranos, cuando navegamos desde higuerillas a Puerto Velero, con una parada en Papudo y una singladura de 25 horas, con navegación nocturna, guardias de a dos hombres cada 3 horas y el cruce de lengua de vaca con 35 nudos y olas cada vez mas grandes en la memoria.

La segunda fue nuestra participación en la regata de Chiloe, donde sin ninguna experiencia de regata anterior, por 7 días vivimos la mejor experiencia que podríamos aspirar.

Chiloe nos planteo desafios, y adquirimos al Bramador, un 36.7 pies. Las emprendimos en la regata al Norte, nuestro bautizo en IMS B, y el orgullo de ser parte de la flota. Tuvimos grandes momentos y tambien nos graduamos de nabos, un par de veces. Pero nos sentimos felices.

El mar ha sido parte de mi historia, pero en sus puntas, en mis orígenes y en mi madurez. Lamento no haberme expuesto mas, y haber vivido mas vida marinera, pero de lo que he recibido solo tengo agradecimientos.

1 comentario:

Gabriel Bunster dijo...

Bienvenido amigo navegante a este océano virtual de identidades oscilantes; leer tus primeros posts me sitúa en alta mar, contra viento y marea, costeando por este oceano nuestro y me recuerda este paseo de este verano de 5 amigos.
Aparte de tus funciones de embajador en Amcham que seguro liderarás también contra viento y marea.
¡Enhorabuena Mateo !